María
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Cosmoversos, viernes 7, sesión I
Actividad:
07/10/2022
19:00

‘Maravillosa y mísera ciudad’, lectura de los poemas romanos de Pasolini en su cLeer más

‘Maravillosa y mísera ciudad’, lectura de los poemas romanos de Pasolini en su centenario


Con motivo del centenario del nacimiento de Pier Paolo Pasolini (1922-1975), sus traductores al español, María Bastianes y Andrés Catalán, realizarán una lectura de sus poemas romanos, que se encuentran recogidos en el volumen ‘Maravillosa y mísera ciudad’, Poemas romanos. (Editorial Ultramarinos, 2022)

La figura del intelectual, cineasta y escritor italiano está fatal e irremediablemente ligada a Roma. El poeta civil más importante de Italia —según Alberto Moravia— llega a la capital en 1950 acompañado de su madre al tener que huir de su Friuli natal.

En muchas de sus obras Roma es la propia protagonista: Pasolini cartografía obsesivamente su geografía y da testimonio de la vida del subproletariado que habita sus márgenes.

‘Maravillosa y mísera ciudad’ recoge casi todos los poemas de tema romano de Pasolini, y con ellos recoge también la contradicción intrínseca de una ciudad que, en palabras del poeta, es “macabro desconsuelo y alucinada alegría”.

 

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Biografía

María Bastianes nació en Buenos Aires en 1984. Es investigadora y traductora.

Especialista en historia del teatro europeo del siglo XX, se doctoró por la ULeer más

María Bastianes nació en Buenos Aires en 1984. Es investigadora y traductora.

Especialista en historia del teatro europeo del siglo XX, se doctoró por la Universidad Complutense de Madrid en 2016 y desde entonces ha trabajado en la Universidad Carlos III de Madrid, la Universidad de Leeds (con un contrato «Marie Curie») y la Universidad Complutense.

Como traductora ha trabajado con la poesía de Franco Fortini y el teatro de Pablo Messiez. Entre sus publicaciones cabe mencionar también su monográfico sobre la ‘Vida escénica de «La Celestina» en España (1909- 1919)’ (Peter Lang, 2020).

 

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Poema

TRIUNFO DE LA NOCHE

 

El montón de ruinas anaranjadas

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TRIUNFO DE LA NOCHE

 

El montón de ruinas anaranjadas

que la noche enfanga con el fresco

color del tártaro, bastiones

de leve piedra pómez, arbóreos,

alza en el cielo: y más huecas

debajo, al ardor de la luna

las Termas de Caracalla se abren al inerte

ocre de los prados sin hierba, de las zarzas

pisoteadas: todo se esfuma y desvanece

entre galerías de un polvo caravaggesco

y abanicos de magnesio

que la aureola de la luna campestre

esculpe en iridiscentes nubes de humo.

Desde ese enorme cielo, sombras graves,

descienden los clientes, soldados pulleses

o lombardos, o jovenzuelos del Trastevere,

solitarios, en pandillas, y en la explanada baja

se paran donde las mujeres, secas y ligeras

como andrajos agitados por el aire nocturno,

enrojecen, gritando… la una niña

sórdida, la otra vieja inocente, la otra

madre: y en el corazón de la ciudad que cercana

apremia con chirridos de tranvía y marañas

de luces, azuzan, en su propia Caína,

los pantalones duros de polvo que se lanzan,

caprichosos, a un galope altanero

sobre los desperdicios y el lívido rocío.

 

 

 

Una ruina solitaria, sueño de un arco,

de una bóveda románica o romana,

en un prado donde espuma un sol

cuyo calor es calmo como un mar:

allí rebajada, la ruina carece de amor. Uso

y liturgia, ahora del todo extintos,

siguen vivos en su estilo —y en el sol—

para quien comprenda su presencia y poesía.

Caminas un poco, y llegas a la Appia

o a la Tuscolana: todo allí es vida,

para todos. Es más, es mejor cómplice

de aquella vida quien no sabe de estilo

o de historia. En la sórdida paz

se intercambian sus significados

indiferencia y violencia. Miles,

miles y miles de personas, fantoches

de una modernidad de fuego, bajo el sol

cuyo significado también se desplaza,

se entrecruzan pululando oscuras

sobre las aceras deslumbrantes, contra

los edificios del Ina-Casa que se hunden en el cielo.

Yo soy una fuerza del Pasado.

Sólo en la tradición reside mi amor.

Vengo de las ruinas, de las iglesias,

de los retablos, de las aldeas

perdidas en los Apeninos o los Prealpes

donde vivieron los hermanos.

Doy vueltas por la Tuscolana como un loco,

por la Appia como un perro sin dueño.

O contemplo los crepúsculos, las mañanas

sobre Roma, sobre la Ciociaria, sobre el mundo,

como los primeros actos de la Posthistoria,

a los que asisto, por un privilegio de nacimiento,

desde la última orilla de alguna edad

sepulta. Monstruoso es aquel que ha nacido

de las entrañas de una mujer muerta.

Y yo, feto adulto, recorro las calles

más moderno que cualquier moderno

en busca de hermanos que no existen ya.

 

 

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