(EEUU)
Inauguración. Viernes 25 de septiembre. 20:00h. Teatro Góngora
Biografía
Licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Columbia, recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2019 y el Gabarron International Award de pensamiento y humanidades en 2012.
Es una aclamada autora de novelas y ensayos: Leer para ti (1982); Los ojos vendados (1992), Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Cine de Berlín por su adaptación cinematográfica; El hechizo de Lily Dahl (1996); En lontananza (1998); Todo cuanto amé (2003), Premio de los Libreros de Quebec y Premio Femina Étranger, finalista del Premio Llibreter y del Waterstones Literary Fiction Award; Una súplica para Eros (2005); Los misterios del rectángulo (2005); Elegía para un americano (2008); La mujer temblorosa o la historia de mis nervios (2009); Ocho viajes con Simbad: palabra e imagen (2011); El verano sin hombres (2011), finalista del Premio Femina Étranger; Vivir, pensar, mirar (2012); El mundo deslumbrante (2014), Premio al mejor libro de ficción de Los Angeles Times, finalista del Dublin Literary Award y seleccionada para el Premio Booker; La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (2017); Recuerdos del futuro (2019); Los espejismos de la certeza (2021), Madres, padres y demás (2022) e Historias de fantasmas (2026). Es doctora honoris causa por la Universidad de Oslo, la Universidad Stendhal-Grenoble, la Universidad de Gutenberg-Mainz y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander.
Fragmento
Historias de Fantasmas.
Tiempo perdido
Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto. Murió el 30 de abril de 2024, a las 18.58, en la casa de Brooklyn donde ahora escribo estas palabras. En enero de 2023 le diagnosticaron un cáncer de pulmón no microcítico de tipo escamoso. Pero antes de eso, a principios de noviembre de 2022, le hicieron un TAC en la sala de urgencias del Mount Sinai West. El radiólogo le detectó «una masa» en el pulmón derecho y dijo que podía ser cáncer.
Todos morimos, pero solo algunos de nosotros sabemos que nuestra vida podría acabar pronto. Aunque muchas veces me había preguntado qué significaría vivir sin Paul, empecé a pensar en ello con más frecuencia. Me imaginaba deambulando sola por la casa. Me imaginaba llorándolo. Si tu padre muere —le dije a nuestra hija Sophie—, perderé mi día a día.
Lo que no imaginé es que, tras la muerte de Paul, el tiempo perdería toda forma reconocible. Recuerdo qué día es y al momento lo olvido. Me acuerdo de que estamos en mayo y luego se me borra. Las horas pasan volando, pero los minutos a menudo transcurren muy despacio. Quiero anclar mi cuerpo en el calendario y en el reloj, esos marcadores del tiempo fiables y en el fondo ficticios, pero no consigo interiorizar su pulso constante. Temo que, si no sigo comprobando la fecha, el día y la hora, me desoriente, tropiece en las escaleras y me caiga, o, peor aún, me aleje flotando sin rumbo. Hago listas y calendarios. Listas y calendarios que están por todas las mesas y superficies de la casa. Me preocupa olvidar las tareas, las citas, las facturas que hay que pagar. Me preocupa que los pensamientos se me fragmenten en más pedazos de los que soy capaz de recordar. Ahora estoy ocupada en la tarea de recomponerme.
Me cuesta respirar. El corazón me late demasiado rápido, no de forma continua, sino por momentos, como en ráfagas. Siento punzadas entre las costillas, a veces bastante intensas. Me duelen el cuello y la cabeza. Los nervios me zumban y vibran, y siento descargas eléctricas en las extremidades. Me rugen las tripas y tengo el ritmo intestinal alterado. Algunos de estos síntomas son achaques antiguos que han ido a más. Imagino que tengo un tumor como el que le encontraron a Paul en el pulmón y que moriré pronto. Llevo la fantasía más allá. Quizá el cáncer espejo es un fenómeno médico anómalo que escapa al ámbito de la ciencia convencional, uno de esos casos atípicos que se descartan de los llamados datos limpios.
Me alegro de poder seguir riéndome de mí misma. Aun así, los hipocondriacos también mueren de enfermedades.
Duermo con somníferos.
Tomo un papel o un objeto que requiere atención y luego veo otro que me atrae la mirada. Dejo el primero y, horas después, sigue allí, víctima inanimada de un gesto inconcluso. En la mesa roja del comedor hay un montón de cartas
y tarjetas de pésame sin abrir. No me veo capaz de hacerlo. Hoy no. Esperaré. Mañana.
Llega mañana. Abro las cartas, pero no siempre entiendo lo que leo. Los mensajes breves y amables son los mejores. También hay largas cartas de varias páginas escritas a mano de personas que no conozco. Paul debía de formar parte de ellas en algún sentido, pero no siempre consigo averiguar de qué modo. Me siento a escribir la palabra mañana en mi lista de tareas pendientes. Cuando bajo la vista, veo que he escrito ayer. Pienso en el comentario de Freud sobre los opuestos en los sueños. En el mundo de los sueños, tu amigo más alto puede encogerse hasta adquirir el tamaño de un insecto. Mi vida actual tiene cierta cualidad onírica.
Me meto en una bañera a medio llenar y me doy cuenta de que me he dejado los calcetines puestos.
14 de mayo. La viuda necesita terapia. Voy a ver a una psiquiatra psicoanalista muy recomendada por una persona en la que confío. No es una necesidad nueva para mí. Estuve once años en psicoterapia psicoanalítica. Me liberó. La pandemia nos llevó a la doctora C. y a mí a hacer las sesiones por Zoom, y en la primavera de 2021, cuando empezaba a disminuir la potencia del virus mortal que circulaba en el ambiente, el tratamiento llegó a su fin. Planeamos una última sesión presencial de despedida en otoño, pero nunca se produjo. El 1 de octubre, la doctora C. murió de forma repentina e inesperada a los setenta y un años, de un ataque al corazón. La conmoción por su muerte fue la primera de las muchas que seguirían. Si ella todavía estuviera viva, ahora estaría yendo a su consulta. Como Paul no podía salir de casa al final de su vida y yo no me atrevía a dejarlo solo, andar se convirtió en un lujo. Decido tomármelo con mucha calma e ir en metro hasta el Upper West Side.
Por razones que no entiendo, parece que he tomado la ruta equivocada hacia Grand Army Plaza. Reconozco el arco y las estatuas, la rotonda rodeada de tráfico, la biblioteca al otro lado, pero no encuentro la estación. Llevo muchos años cogiendo este metro. ¿Qué me ha pasado? Les pido indicaciones a tres transeúntes, pero, como moradores del sueño, ninguno sabe decirme dónde está la línea 2/3. Miro la hora. Puede que llegue tarde a mi primera cita con la eminente psicoanalista. ¿Estoy oficialmente senil? Pido un Uber y llego a Central Park West con la calle Ochenta y nueve justo a la hora de empezar la sesión.
Los días que siguieron al funeral íntimo que celebramos junto a la tumba de Paul el 3 de mayo, en el cementerio de Green-Wood, me dio por ordenar, tirar y fregar. Cuando estoy preocupada o ansiosa, a menudo me pongo a limpiar. Dejo mi pequeño mundo en perfecto orden. Al quitar el polvo, las pelusas y la suciedad ejerzo cierto control. No iba a ser una de esas viudas que dejan la ropa de su marido en el armario durante meses o incluso años. Un hombre muerto no necesita camisas, llaves ni crema de afeitar. Un muerto no puede ponerse enfermo. No toma pastillas.
En la gran bolsa de plástico transparente de una funda nórdica nueva acabaron todos los medicamentos que guardaba en el armario de la ropa blanca,
detrás de un montón de sábanas. Fue lo primero que tiré. Ampollas de dexametasona, prednisona, meloxicam, mirtazapina, tabletas de sodio y magnesio, levotiroxina, oxicodona, tamsulosina, trimetoprima con sulfametoxazol, sucralfato, famotidina, gabapentina. Unos cuantos parches de fentanilo. Hidrocortisona en cápsulas de 5, 10 y 15 miligramos. Una jeringa y una ampolla de cristal para inyectar el mismo esteroide en caso de crisis endocrina, además de blísteres de Zofran, frascos de sucralfato líquido y lactulosa. Esto es lo que recuerdo. Seguramente había otros medicamentos que se habían ido acumulando a lo largo del año y medio de tratamiento contra el cáncer de Paul, medicamentos recetados, suspendidos y, a veces, recetados de nuevo, dependiendo de la urgencia del momento. Hubo muchas emergencias. Guardé un par de tablas que había confeccionado para llevar el control de las tomas diarias de los medicamentos de Paul, con el nombre del fármaco, para qué servía, y una, dos, tres o cuatro líneas que llenaba a mano: 7.46, 12.00, 16.35.
Sabía que los medicamentos no usados no debían tirarse a la basura ni por el fregadero o el inodoro, y la bolsa fue aumentando de tamaño hasta que, al final, era difícil cerrarla herméticamente. Después del funeral de Paul, mi hermana Asti la cogió y la llevó a una farmacia de su barrio, donde se encargan de gestionar esos medicamentos. No sé qué hacen con ellos, y yo, que suelo sentir curiosidad por todo, no tengo interés en saberlo.
Algunas de esas pastillas evitaron que Paul se muriera antes. Otras contribuyeron a que se encontrara mejor. También hubo algunas que agravaron su estado. Cuando le di la bolsa a Asti, el alivio que sentí fue aún mayor del que había imaginado. Odiaba esa bolsa. Si me hubiera visto con fuerzas de colocar en hilera todos esos pequeños frascos y ampollas, podrían haber servido como un registro temporal y tangible de la enfermedad hasta la muerte. Pero ver los números de las recetas, las fechas, los nombres de los medicamentos, a veces difíciles de pronunciar, y las instrucciones y advertencias escritas en los frascos no solo me gritaba que el tratamiento había fracasado; también me recordaba mi propio estado de pánico contenido que fluctuó durante muchos meses. Le administré los medicamentos correctos, aunque algunas veces se los llevé tarde. Estuve sentada a su lado durante las sesiones de tratamiento intravenoso de cuatro y cinco horas. Estuve sentada a su lado en Urgencias y junto a su cama día tras día mientras estuvo hospitalizado. Gestioné el portal para pacientes del Memorial Sloan Kettering y periódicamente realizaba consultas a los médicos y enfermeras. Leí innumerables artículos médicos sobre el cáncer de pulmón no microcítico y su tratamiento, lo que me ayudó a hacer preguntas razonables a los médicos. Sin embargo, mi competencia y fortaleza aparentes ocultaban el hecho de que vivía con miedo. Tenía miedo de equivocarme de pastillas o de no reconocer algún síntoma de una emergencia inminente, pero, sobre todo, tenía miedo de lo que no podía controlar: su muerte.
Tras su muerte, el sufrimiento de Paul y mi vigilancia dejaron de tener sentido, al igual que los tratamientos contra el cáncer y los que intentaban paliar sus grotescas consecuencias. Los «efectos adversos» del fármaco
de inmunoterapia, nivolumab, un inhibidor de puntos de control inmunitario, acabaron con su vida antes de que el cáncer tuviera la oportunidad de hacerlo. El nivolumab no estaba en la bolsa. Se administraba mediante infusión intravenosa, junto con los fármacos de quimioterapia carboplatino y paclitaxel. Entregarle esa bolsa a mi hermana no me liberó de los recuerdos, pero sí de enfrentarme una y otra vez a la evidencia tangible de lo que Paul había soportado y yo había presenciado.
De sus vaqueros, camisetas, zapatos, cinturones, calcetines, jerséis, su único traje (que rara vez se ponía), un esmoquin y abrigos ya casi no queda nada; se han repartido entre familiares o se han donado a organizaciones benéficas. En el armario de entrada sigue colgada la cazadora de cuero con forro de borreguillo que se compró en Argentina hace años (él habría sabido el año exacto) y que no se quitaba de encima. Tengo intención de ponérmela cuando vuelva el frío. Quiero envolverme en este recuerdo de mi ser amado mientras se conserve entera. Cuando la vi en una de mis visitas al armario, la descolgué de la percha y hundí la cara en el borreguillo. Esperaba inhalarlo en su ausencia, pero solo encontré olor a humedad y cuero, no quedaba rastro humano.
En el armario de nuestro dormitorio ahora hay espacio de sobra. Todavía escribo «nuestro». Aunque dentro ya no esté su modesto guardarropa, sigue siendo «nuestro» armario. Sigue siendo «nuestro» dormitorio. Mientras yo viva aquí, creo que seguirá siéndolo. Ya no hay ropa suya en él, pero el tiempo lo ha hecho nuestro.
¿Qué ha sido de ese tiempo?
Tiré sus calzoncillos. Durante muchos años, Paul se compró bóxeres a cuadros Fruit of the Loom en paquetes de tres en una tienda de la Quinta Avenida de Brooklyn. Al principio de nuestro matrimonio, aprendí a no interferir en sus gustos en el vestir, que eran sencillos pero rígidos. Le gustaba ir a esa tienda a comprar vaqueros Levi’s negros, una marca concreta de camisetas de algodón grueso y los calzoncillos. No recuerdo exactamente cuándo fue, pero ya habíamos empezado con los cuidados paliativos y la debilidad general le hacía imposible vestirse solo, así que yo lo ayudaba.
Una de esas mañanas, al verme rebuscar en el cajón de la ropa interior, me dijo: «Los rojos no».
«¿Los rojos no?» «No me gustan los rojos.» «¿Quieres decir que nunca te han gustado los rojos?» Por lo visto, nunca le habían gustado. Se quedaban en el cajón. Me fijé en que estaban más nuevos que los demás. Compraba los paquetes de tres por los azules y los verdes. Los rojos eran el precio a pagar.
Años y años de calzoncillos a cuadros, y yo sin saber que no le gustaban los rojos.
Aquella mañana, después de ponerle por la cabeza una camiseta blanca, no negra, me dijo: «Eres tan buena conmigo, Siri». Y yo le acaricié la cara y le respondí en noruego: «Det skulle bare mangle». Con los años, Paul aprendió varias frases en noruego, mi lengua materna. Esta es una de ellas. Literalmente
significa «Eso solo debería faltar», pero es una forma de decir: «Por supuesto, faltaría más».
Mientras escribo esto, me sorprende la determinación con la que me enfrenté al estudio de Paul, una pequeña habitación en la parte trasera de nuestra casa, cerca del jardín, donde pasaba la mayor parte del día, desde la mañana hasta media tarde, escribiendo. Ahora no tendría el mismo ánimo, pero entonces me había impuesto una misión. Calculo que sobre su superficie había al menos ciento cincuenta plumas y bolígrafos de todo tipo —estilográficas, bolígrafos retráctiles, de tinta líquida—, colocados en hileras desiguales o sobresaliendo de bandejas. Había una docena de portaminas. Había un suministro de cintas para su máquina de escribir Olympia manual que le habría durado varias vidas más o habría equipado a un pequeño ejército de luditas amantes de la tecnología anticuada. Paul también tenía pequeñas hojas de papel corrector Tipp-Ex para colocar debajo de las teclas (no quedaban tantas de estas). Tenía varias gomas de borrar muy usadas, y treinta y cinco cuadernos Clairefontaine de papel cuadriculado. Antes de mecanografiar sus libros en la Olympia, los escribía a mano en uno de esos cuadernos.
Nunca nos molestábamos en nuestros espacios de trabajo, que eran sagrados. Él nunca tocaba mi escritorio y yo nunca tocaba el suyo. Yo no tenía ni idea de que tuviera tantos bolígrafos, cintas y cuadernos. A menudo buscaba bolígrafos que estaba segura de haber dejado en el cajón de la cocina y no los encontraba. Él siempre llevaba al menos uno (a menudo dos o tres) en el bolsillo delantero de los vaqueros. Si existe una emoción a medio camino entre la ternura y el dolor, eso fue lo que sentí cuando vi los bolígrafos y descubrí todas las cintas. Los bolígrafos se siguen vendiendo en todas partes, pero las cintas y las hojas de Tipp-Ex no son tan fáciles de encontrar, de modo que tenía sentido que Paul se hubiera preparado para su posible desaparición, no solo de la ciudad de Nueva York, sino de la faz de la tierra.
Me encantaba el sonido como de percusión de su máquina de escribir cuando la aporreaba, rápido, luego más despacio y de nuevo rápido. «Me gusta notar la resistencia de las teclas en los dedos», decía. Paul «marcaba el compás» con sus herramientas. A través de sus hábitos de escritura, el joven seguía vivo en el anciano.
La máquina de escribir está en su escritorio, tal y como solía estar, un objeto mudo que ha perdido su lugar en el ritual de la escritura. Los hábitos, las rutinas y los rituales adquieren significado a partir de la repetición, y estas repeticiones pueden servir como una fortaleza contra la ansiedad. Paul no jugueteaba con las manos ni se mordía las uñas. Nunca exteriorizaba su nerviosismo, pero la ansiedad impregnaba su vida. Llegábamos con horas de antelación a los aeropuertos, lo que era motivo de bromas en la familia. Cuando yo me ocupaba de pedir los taxis o de guardar los billetes (en la época en que aún eran de papel), él lo comprobaba una y otra vez por mucho que yo le asegurara que ya lo había hecho. Era muy posesivo con los objetos que consideraba prolongaciones de su propio cuerpo: bolígrafos, pero también las llaves de casa, la pequeña agenda que encargaba cada año en Charing Cross y la cartera, que llevaba en el bolsillo
delantero derecho. Nadie podía tocarlos. Cuando estaba en el hospital y sufría delirios, los tenía en una bolsa de plástico en un cajón junto a la cama, pero ya no los llevaba «encima». Cuando se despertaba en la cama desconocida y no los encontraba, me llamaba a mí o a nuestro yerno, Spencer. Había apuntado las citas médicas que tenía que recordar. No tenía dinero. ¿Cómo iba a tomar un taxi? ¿Cómo volvería a entrar en casa?
El hombre no podía levantarse de la cama solo. El objeto de la angustia es «algo que no es nada», escribe Søren Kierkegaard en El concepto de la angustia. Es como mirar a un abismo. Paul utilizó repetidamente esa palabra para referirse a la muerte en el último año de su vida. «He pasado mucho tiempo mirando al abismo», decía.
La valentía de Paul al mirar al abismo me dejó sin habla.
Su caligrafía está por toda la casa, en notas y papeles, en los talonarios que guardaba en un armario de la biblioteca. Debajo de las estanterías de la biblioteca, en una mesa amplia, hay una carpeta blanca que aún no he abierto. Dentro hay una hoja de papel con los nombres de las personas a las que quería invitar a su funeral, así como notas para su testamento, que modificó solo unos días antes de morir. Fuera, escrito a mano, se lee:
Para Siri/Sophie
Notas sobre el Más allá.
1/1/23.
Antes de que Paul muriera, el humor irónico de «Más allá» me hizo sonreír. Ahora no le veo la gracia. Sophie y yo estamos viviendo en ese «Más allá», y aquí la lógica del tiempo y el espacio está trastocada.
El fax está en el sótano. Paul y yo compartíamos una secretaria, Jen Dougherty, que ahora solo trabajará para mí. Jen le enviaba a Paul por fax los correos electrónicos que recibía. Él la llamaba y le dictaba las respuestas o simplemente respondía sí o no, y ella seguía sus instrucciones. La inversión de mi marido en el rápido avance de las tecnologías de la comunicación terminó prácticamente con el fax, aunque hubo excepciones. Cansada de verlo en la puerta de mi estudio, con sus ojos grandes y en actitud de disculpa por la intrusión cada vez que necesitaba consultar por internet una fecha o un dato, le compré un iPad, una extensión del que yo tenía, y él lo utilizaba sin correo electrónico como herramienta de investigación.
A mí nadie me envía faxes.
Aparte de los de Jen, los únicos faxes que llegaban eran de empresas especializadas en tejados. De aquella máquina salían con regularidad anuncios para renovarlos.
«Serán los de los tejados», solía decirle a Paul. «Probablemente», respondía él, y bajaba las escaleras para comprobarlo. Paul no tenía teléfono móvil. Cuando sonaba el fijo, yo sabía que era para él. Nunca contestaba. Desde que murió, casi nunca suena. Si lo hace, suele ser
la agente de Paul, Carol Mann. Ella lo llamaba casi todos los días a ese número. Los domingos por la mañana sé que es Janet, la hermana de Paul. Hablaban todas las semanas. Ahora contesto yo. Las únicas otras llamadas provienen de robots, especuladores inmobiliarios que están al acecho de los obituarios y estafadores que se aprovechan de las personas mayores que todavía conservan su teléfono fijo.
De la noche a la mañana, la casa de cuatro pisos de Brooklyn donde Paul y yo vivimos durante treinta años, donde creció nuestra hija Sophie y donde vivió Daniel, mi hijastro, cuando no estaba con su madre, se volvió enorme. Hacía mucho que la ocupábamos solo nosotros dos, y nos parecía espaciosa, pero no enorme. Ahora miro los miles de libros que cubren las paredes y me duelen los brazos, como si me hubieran dicho que tengo que meterlos en cajas y llevarlos yo sola a otro lugar.
Cuando nos fuimos a vivir juntos en 1981, alquilamos las dos plantas superiores de una casa en el número 18 de Tompkins Place, en Cobble Hill, Brooklyn. En ese momento yo tenía muy pocas pertenencias, aparte de libros. Regalamos los que estaban duplicados, que eran muchos, y nos quedamos con la mejor edición. Recuerdo que pensé: Esto significa que realmente tenemos que seguir juntos.
Sophie vive ahora en su propia casa en otro vecindario de Brooklyn, Bedford Stuyvesant, con su marido, Spencer, y su bebé, Miles, que nació el día de Año Nuevo de 2024. Sería totalmente razonable cederles algunas habitaciones de esta casa a la de Halsey Street, pero no es factible.
Aunque con los años se han cambiado algunos muebles, la distribución de las habitaciones sigue exactamente igual. Se han reformado la cocina y los cuartos de baño, se han tapizado de nuevo las sillas y los sofás, se han pintado las paredes, pero la continuidad se ha impuesto a cualquier intento de transformación. Mientras recorro sola la casa, imito los ritmos de cuando Paul aún vivía en los espacios que ha dejado de habitar. Es una casa real, pero también es una arquitectura de la memoria.
Todas las casas donde las mismas personas viven durante un tiempo se convierten en espacios de gestos repetidos: comidas que se preparan y se comen, basura que se saca, cartas que llegan, cafeteras que se encienden y se apagan, teteras con agua hirviendo, camas que se hacen, ropa que se dobla, duchas y baños, dientes cepillados, caras lavadas, y un largo etcétera. Todo ello pertenece a distintas formas de memoria encarnada. Llevo a cabo estas tareas banales como solía. Se me mueven las extremidades. Inspiro y espiro. Me late el corazón. Mis movimientos reflejan la sensación de que todo sigue igual, y hallo consuelo en repetirlos, pero el ritmo de estos actos también es irregular. El patrón se ha desajustado. He perdido la vieja cadencia.


